Seguramente sepas que, en los albores de la automoción, los coches eléctricos vivieron un breve pero relevante periodo como los vehículos predominantes en el mercado. Esta etapa tuvo lugar a finales del siglo XIX y principios del XX, antes de que los motores de combustión empezaran a dominar la industria.
Durante esos años, los coches eléctricos superaban en número a los vehículos de gasolina y vapor, e incluso lograron hitos notables, como ser la primera motorización en superar los 100 km/h. Sin embargo, uno de los grandes retos que enfrentaban era la limitada autonomía, un problema que también sigue siendo central en la actualidad. Es lógico entonces preguntarse, ¿cómo se recargaban los coches eléctricos hace más de un siglo?
La red de recarga en Manhattan en 1923: un vistazo histórico
En Estados Unidos se implementó una extensa red de recarga para vehículos eléctricos de la época, especialmente en ciudades como Nueva York. Un claro ejemplo es el mapa de los puntos de recarga en Manhattan al 1 de enero de 1923, que muestra la infraestructura existente para dar soporte a estos vehículos.
Este mapa es un valioso documento histórico que refleja un momento en el que no estaba claro que los motores térmicos dominarían el mercado. De hecho, a principios del siglo XX, aproximadamente el 38% de los vehículos en EE.UU. funcionaban con electricidad, el 40% con vapor, y solo el 22% con gasolina.
En aquel entonces, había más de 33,000 coches eléctricos matriculados en Estados Unidos, una cifra que sigue siendo significativa incluso en comparación con el mercado actual. Esto hizo que el desarrollo de una red de recarga eficiente fuera fundamental para la movilidad eléctrica.
Infraestructura de carga: público versus privado
Ya en aquella época existía una clara distinción entre puntos de carga públicos y privados. Según la New York Edison Company, se recomendaba usar preferentemente las estaciones públicas por su fiabilidad, mientras que las instalaciones privadas se reservaban como respaldo ante posibles emergencias o ansiedad por la autonomía. Esta división es muy similar a la que observamos hoy en día en la movilidad eléctrica.
Podríamos decir que aquel mapa equivaldría a las aplicaciones actuales para localizar puntos de carga, aunque claro, entonces no existían los teléfonos inteligentes.
El debate entre corriente alterna y corriente continua
En la década de 1920, se vivió una disputa técnica entre dos estándares eléctricos: la corriente alterna (CA), que iba ganando terreno, y la corriente continua (CC), utilizada por los coches eléctricos. Esto impactó directamente en la infraestructura de recarga.
Los garajes debían instalar enormes rectificadores de arco de mercurio, la mayoría fabricados por General Electric, para convertir la corriente alterna a continua. Aunque efectivos, estos dispositivos eran voluminosos y presentaban riesgos de incendio. Su eficiencia rondaba el 80%, y con el tiempo fueron reemplazados por rectificadores basados en tubos de argón, conocidos como Tungar.
Innovaciones para facilitar la carga: el intercambio de baterías
Para superar las limitaciones y dificultades en la recarga, surgió una solución innovadora: el intercambio de baterías o batería intercambiable (battery swapping). Este sistema permitía cambiar una batería descargada por otra completamente cargada en puntos habilitados, como el servicio GeVeCo de la Hartford Electric Light Company, operativo entre 1910 y 1924.
El coche se vendía sin batería y el usuario pagaba además por el servicio de intercambio. Esta estrategia anticipó soluciones que algunas compañías eléctricas y fabricantes han retomado en tiempos recientes para mejorar la experiencia de uso de los vehículos eléctricos.
El declive de la infraestructura eléctrica: causas externas al vehículo eléctrico
Aunque la red de recarga parecía capaz de atender la demanda, varios hitos tecnológicos y sociales provocaron el declive del coche eléctrico. En 1912, la invención del motor de arranque eléctrico por Charles Kettering eliminó la molesta y peligrosa manivela para arrancar coches de combustión, haciéndolos más accesibles para un público amplio.
Otro avance crucial fue la introducción del silenciador de escape, que redujo significativamente el ruido y las detonaciones de los motores térmicos, mejorando la experiencia de conducción y restando ventajas al vehículo eléctrico en este aspecto.
Además, el desarrollo y expansión de las carreteras asfaltadas, especialmente en los años 20, facilitó que los coches de gasolina pudieran recorrer mayores distancias con comodidad y seguridad, superando la limitada autonomía de los eléctricos, que apenas alcanzaban unos 50 km urbanos.
Estos avances, junto con factores económicos y tecnológicos, hicieron que la infraestructura eléctrica de recarga y el vehículo eléctrico perdieran terreno frente al motor de combustión interna.
El resurgir actual del coche eléctrico y su infraestructura
Hoy, con la emergencia climática y los avances en tecnología, el vehículo eléctrico vuelve a ganar protagonismo. La historia de hace más de 100 años nos ofrece lecciones clave, especialmente sobre la importancia de una infraestructura de recarga robusta y accesible.
Aunque hemos avanzado mucho, aún quedan desafíos por superar para consolidar definitivamente la movilidad eléctrica. La lección es clara: sin una red de carga eficiente, ningún coche eléctrico puede alcanzar su máximo potencial.
En definitiva, la movilidad eléctrica moderna hereda una historia rica y compleja, en la que infraestructura, tecnología y hábitos sociales juegan roles fundamentales.

