Los neumáticos desgastados son una fuente significativa y muchas veces inadvertida de contaminación ambiental. Además de los conocidos gases de escape de los coches de gasolina — cuya venta estará prohibida en Europa a partir de 2035 —, los neumáticos liberan al desgastarse microplásticos y partículas microscópicas que contaminan el aire urbano y los ecosistemas acuáticos. Este fenómeno representa una contaminación silenciosa que, sorprendentemente, afecta en mayor medida a los coches eléctricos que a los vehículos convencionales.
La contaminación invisible: partículas microscópicas de los neumáticos
Mientras que las políticas y normativas suelen enfocarse en controlar las emisiones de gases contaminantes para preservar la calidad del aire y la capa de ozono, la contaminación generada por el desgaste de los neumáticos es frecuentemente pasada por alto. Estudios recientes indican que las partículas provenientes de las ruedas al rozar con el asfalto pueden representar hasta el 90% de los microplásticos arrastrados por las lluvias desde las carreteras, además de constituir cerca del 45 % de los microplásticos presentes en suelos y aguas.
Estas micropartículas contienen componentes tóxicos, como hidrocarburos que, al reaccionar con el ozono atmosférico, pueden generar compuestos perjudiciales para la salud humana — incluyendo el riesgo de enfermedades neurológicas.
Neumáticos vs. emisiones de escape: una comparación reveladora
Investigaciones demuestran que la cantidad de partículas emitidas por el desgaste de neumáticos es mucho mayor que las provenientes del tubo de escape. Por ejemplo, en pruebas realizadas con diversos neumáticos en un vehículo Mercedes-Benz Clase C, se detectó que las ruedas liberan hasta 1.850 veces más partículas por kilómetro que las emisiones promedio de gases contaminantes de vehículos de combustión. Esto convierte a los neumáticos en una fuente de contaminación sumamente relevante pero poco regulada.
El impacto del desgaste: cómo envejecen las ruedas y aumentan su contaminación
A lo largo de su vida útil, un neumático puede perder entre 1 y 1,5 kilogramos de caucho. Conforme envejecen y se desgastan, las ruedas liberan cantidades crecientes de micropartículas contaminantes, incluyendo nanopartículas PM0.1 que son especialmente dañinas para la salud respiratoria. Según un informe de la empresa sueca Nira Dynamics, cuando un neumático alcanza el 70 % de su vida útil, la emisión de partículas puede aumentar entre un 200 % y un 300 %, lo que además de ser un riesgo ambiental representa una amenaza para la seguridad vial por la reducción del agarre y capacidad de evacuación de agua.
Por qué los coches eléctricos aceleran esta problemática
Los vehículos eléctricos generalmente pesan más debido a sus baterías y cuentan con un par motor instantáneo, lo que provoca un desgaste más rápido de los neumáticos. Estudios de gestión de flotas, como el de la empresa británica Epyx, evidencian que los neumáticos de coches eléctricos duran en promedio unos 10.200 kilómetros menos que los de vehículos de gasolina o diésel. Un caso notable es el de la Tesla Cybertruck, cuyos neumáticos se desgastaron notablemente tras solo 10.000 kilómetros, debido a su alto peso (más de 3 toneladas) y potencia (casi 850 CV).
Este desgaste acelerado implica la liberación de mayores cantidades de partículas al ambiente en un periodo más corto, haciendo que los coches eléctricos, aunque sean más limpios en termos de emisiones de escape, contribuyan significativamente a la contaminación por partículas.
Medidas regulatorias y avances hacia una movilidad más sostenible
Reconociendo esta problemática, la Unión Europea pondrá en vigor a partir de 2026 la normativa Euro 7, que por primera vez establecerá límites máximos para la abrasión de neumáticos. Esta regulación impulsará el desarrollo de compuestos más resistentes que reduzcan el desgaste y, al mismo tiempo, exigirá a los fabricantes de vehículos eléctricos diseñar modelos que minimicen el impacto ambiental generado por sus ruedas.
Estas medidas buscan mitigar un tipo de contaminación habitualmente ignorado, promoviendo una movilidad urbana más sostenible sin comprometer la seguridad ni la eficiencia del transporte.
